Que la tierra está en el medio de los cielos se sabía desde antes del tiempo de los romanos. Así se expresa Claudio Ptolomeo de Alejandría en su obra Almagesto, «Seu magnae constructionis matematicae» – «O gran construcción matemática», en la cual exactamente decía «η γη βρίσκεται στη μέση του ουρανού», puesto que el original está en griego. Y en medio de los cielos sigue, y si la dejan, en ese lugar seguirá. Porque el sol, pese a la teoría heliocéntrica, que situa al sol en el centro del cosmos, no la ha desplazado de ese sitio. No son lo mismo los cielos, que el cosmos. Dos mil años de inventos, descubrimientos y ciencia, no han hecho cambiar las cosas. Ni lo harán los imposibles viajes a marte, ese mundo gélido, pequeño, sin aire y desértico. El punto de vista relativo que ocupamos nos hace ver al sol diminuto, pequeño como lo vemos en los eclipses, a veces hasta más pequeño que la luna. No hay más que comparar los tamaños de ambos. El primero, de un diámetro aparente variable entre 31′31″ y 32′33″, minutos y segundos de arco, la segunda entre 29′20″ y 34′6″, minutos y segundos de arco. El sol incluso desaparece por la noche, oculta su luz por la inmensidad de la Tierra. Se limita a asomarse por las mañanas y a ocultarse por las noches. La otra, la luna, no hay quién la siga, con sus caprichosos movimientos. Sólo la tierra, cuyo diámetro aparente es infinito (∞), permanece en su sitio, estática, donde ha estado siempre, no hay quién la mueva, todo el día situada en el centro de los cielos. Nadie ha visto la Tierra desde la superficie del sol, pero todos han visto el sol desde la superficie de la Tierra.
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